domingo, 8 de enero de 2012

DEBATE | EN BUSCA DEL INSTINTO PATERNAL

Cuando los hombres son malos padres

En su rol de padres, algunos hombres sienten desconcierto, aburrimiento e indiferencia hacia sus hijos. Les cuesta dedicarles tiempo y no obtienen ninguna satisfacción. Una nueva corriente en EEUU insta a los progenitores a romper "la conspiración de silencio y hablar de los momentos oscuros de la paternidad".



Por MARÍA CORISCO

Barack Obama creció sin padre. El suyo fue uno de tantos que se fue a comprar tabaco –en su caso, la excusa fue una beca para estudiar en Harvard– y ya no volvió. El fantasma del "Viejo Hombre", como se refiere a él en su autobiografía, le ha acompañado desde entonces, y por ello se propuso con determinación lo que tantos otros hijos de progenitores ausentes, descastados o indiferentes: ser un buen padre.

Pero las cosas no siempre son fáciles... "Sé que no he sido un padre perfecto. Sé que he cometido errores. He perdido la cuenta de todas las veces que el trabajo me ha obligado a abandonar mis deberes como padre. Sé que me he perdido momentos de la vida de mis hijas que jamás recuperaré".

Al igual que él, muchos otros hombres se debaten entre la realidad y el deseo. El deseo de estar a la altura como padres, y la realidad de que la paternidad no es una experiencia tan devastadoramente feliz como imaginaron. "La paternidad puede ser desmoralizante. Normalmente, acabo el día agotado, ahogado en la autocompasión". Lo dice Michael Lewis, autor de 'Home Game: An Accidental Guide to Fatherhood' (partido en casa, una guía fortuita para la paternidad), publicado el mes pasado en EEUU, y uno de los artífices del pseudomovimiento en pro de la redención de los malos padres.

Lewis se ha propuesto combatir la que él denomina "una gran conspiración de silencio": la de todos aquellos hombres que no se atreven a confesar públicamente "las miserias de la paternidad". Padres jóvenes que intentan cumplir con su rol, que se muestran involucrados, enrollados, modernos y sensibles, pero que, en su fuero interno, se sienten hastiados de sus hijos y de las obligaciones que acarrean. "Esperaba estar lleno de alegría, pero a menudo sólo me sentía desconcertado; esperaba estar preocupado, pero a menudo sólo sentía indiferencia; esperaba sentirme fascinado pero, en realidad, me sentía aburrido", confiesa. No es el único mea culpa. En las últimas semanas han salido otros libros que bucean en los sentimientos contradictorios de los padres de hoy.

PATERNIDAD ADQUIRIDA. Entre ellos, el de Ben George, editor del periódico literario 'Ecotone', quien coincide con Lewis en que "ya ha llegado el momento de que los padres encuentren el coraje para ponerse en pie y hablar con honestidad sobre los momentos oscuros de la paternidad". George acaba de publicar 'The Book of Dads' (el libro de los papás), en el que una veintena de padres ventila sus tribulaciones. Y, desde su punto de vista, una cosa parece clara: para la mujer, la maternidad es diferente. "El amor maternal puede ser instintivo; el amor paternal, en cambio, es una conducta adquirida", asegura Lewis.
Ése es su punto de partida: lo que para una madre es puro instinto, para un padre es un aprendizaje. Pero, ¿es esto realmente así? ¿Existe un instinto exclusivamente maternal del cual estarían privados los varones? Parece que en este terreno vamos a encontrar problemas. Sobre todo si recordamos a Elizabeth Badinter, quien en su célebre '¿Existe el instinto maternal?' (1980), todo un hito para los postulados feministas, defendía la idea de que ni natural, ni instintivo: el amor maternal, tan mitificado, no sería sino una estratagema patriarcal para que fueran las mujeres quienes se ocuparan del cuidado de los niños.

En la última década, han proliferado las investigaciones que pretenden demostrar la existencia de este instinto. Natalia López Moratalla, catedrática de Bioquímica en la Universidad de Navarra que ha dirigido una revisión sobre los últimos descubrimientos en torno a los momentos decisivos en el cerebro de la mujer embarazada, explica que "los cambios durante la gestación permiten que la mujer libere la hormona de la confianza [la oxitocina] y desactive la del estrés [cortisol]".

La gran y continua liberación de oxitocina durante el embarazo facilitará la activación de las zonas del cerebro social. "Como la oxitocina es la hormona que da confianza, apego y acercamiento", señala López Moratalla, "al desarrollar esas áreas, la mujer va creando un vínculo afectivo con el niño. Aunque, tras el parto, la mujer vuelva a la normalidad hormonal, lo que esas hormonas han provocado en el cerebro se queda ahí para siempre".

Estaríamos ante los fundamentos biológicos del instinto maternal. Pero, ¿y los varones? Recientes estudios sugieren que el hombre que convive con una mujer gestante también experimenta cambios hormonales: a medida que progresa el embarazo, suben sus niveles de oxitocina y prolactina, y disminuyen los de testosterona. Sea o no sea el padre.

Aun cuando desconfía de los estudios e investigaciones que hablan de cambios hormonales en el varón que va a ser padre –"el 90% de lo que se publica después no se demuestra", asegura–, el antropólogo Ambrosio García Leal sí cree que hay un sustrato biológico en el instinto paternal: "Los humanos somos monógamos por naturaleza, y los machos monógamos tienen instinto paternal, igual que las hembras tienen instinto maternal: ambos miembros colaboran en la crianza, aunque el reparto de funciones no sea simétrico y las mujeres se encarguen más de los hijos cuando son pequeños, y los padres lo hagan más adelante, cuando ya son capaces de hablar y tienen cosas que contarles".

Habla García Leal de la mujer como cuidadora y el varón como proveedor, y así se ven a sí mismos muchos padres. Es el caso del actor de telenovelas Jorge Salinas, quien en declaraciones a Agencia México se reconoce "un padre ausente, no he sido un buen padre. Me la he pasado trabajando y proveyendo cosas y obligaciones que uno debe cumplir. Soy buen padre, pero como proveedor". Y el actor y humorista Josema Yuste admitía en una entrevista que adora a sus hijos "y daría la vida por ellos, pero reconozco que no soy un padre ejemplar. Me cuesta estar pendiente de ellos las 24 horas, me canso".

PADRES IMPENETRABLES. Para Ángel Peralbo, psicólogo y terapeuta de familia, "la influencia biológica parece que no es relevante. Pero el padre sí es relevante en el cuidado del hijo, y ahí entraría el concepto social: antaño, el padre hacía de cuidador externo, no emocional ni afectivo, y era su rol; actualmente, el rol que cumple es mucho más próximo, lo que facilita que se desarrolle su instinto". Lo facilita… o no. Ben George, el autor de 'The Book of Dads', se lamenta de que haya pasado la época en que era aceptable, incluso deseable, que un padre fuera "enigmático, impenetrable, inaccesible emocionalmente. Los padres de hoy deben hacer malabarismos entre su masculinidad y su sensibilidad".
En ese precario equilibrio, a menudo gana la parte más cómoda, el desapego. Aun cuando, como en este testimonio encontrado en Internet, luego pese el remordimiento: "Tengo una hija de 11 meses, pero siento que no soy un buen padre. Lo que pasa es que ya no estoy con su mamá, nos separamos y me cuesta ir a verla. A veces prefiero hacer otras cosas que ver a mi hija".

Remordimientos, y muy fuertes, son también los que siente este otro padre, quien confiesa que, tras haber cuidado de su hijo durante un par de días, terminó perdiendo la paciencia. "Se cayó y se golpeó la cabeza; lloró mucho, no le hice caso, dejé que llorara: estaba molesto por su llanto. ¿Por qué soy así? ¿Por qué no puedo cuidarlo bien? ¿Por qué me molestan sus lloriqueos, si es mi hijo?".

La culpa. Algo contra lo que han tenido que lidiar tantas madres a lo largo de tanto tiempo. Del mismo modo que en EEUU cuentan con George, Lewis y los seguidores de la nueva corriente redentora de los malos padres, en España tenemos a Lucía Etxebarria, autora de 'El club de las malas madres' (Ed. Martínez Roca). Y de su pluma descubrimos que las servidumbres de la paternidad no son tan diferentes de las de la maternidad: "Elegir tener hijos implica renunciar al tiempo libre, al espacio propio, a la ropa de marca, al coche impoluto, a los amantes de una noche, a las resacas monumentales, a los vaqueros ceñidos, a la peluquería cada viernes, a las noches en blanco. Pero también es cierto que muchas hemos sopesado la elección y hemos decidido, libremente, que compensa".

A quien no le debe de compensar tanto, ya que no tiene reparo en quejarse, es a Steve Doocy, ganador de un Emmy como productor y autor del libro 'Tales From the Dad Side: Misadventures in Fatherhood' (cuentos del lado de los papás: desventuras de la paternidad). Él, al igual que Lewis o George, cree saber por qué las madres se manejan mejor: "Están programadas para la maternidad. Hay un megacomplejo industrial de miles de revistas, libros, clases y magazines televisivos que las instruyen. Y no hay nada para hombres". Suena un pelín a excusa, pero vale.

PRESIÓN SOCIAL. "Todo instinto necesita de un contexto para desarrollarse", sentencia García Leal. "Partimos de una predisposición natural, que podemos inhibir o potenciar". Así pues, ese instinto paternal podría haberse visto inhibido en otras épocas en las que no existía una presión social sobre el varón para que se ocupara de los hijos, y se estaría potenciando ahora.

"Los psicólogos estamos observando una tendencia en los últimos años del aumento de la sensibilidad de los padres. Ya no son meros espectadores. No es una cuestión instintiva, sino social, de ir con los tiempos. Pero no creo que haya presión social. Por mucho que presiones a un padre alejado, ausente y sin empatía, no conseguirás nada", explica Ángel Peralbo.

Indiscutiblemente, hay hombres a los que el adjetivo "descastado" les retrata. Como los que, tras una separación, corren raudos a hacerse la prueba de paternidad para ver si, con un poco de suerte, no son los padres biológicos de sus hijos. Se evitan así el pago de la pensión... y también volver a tener contacto con esos chavales a los que ha criado como propios durante años. "Como hijo, es preferible un padre ausente, que no que la persona que hasta ayer te cuidó y te quiso como padre, hoy renuncie a ti porque antepone el dinero a su amor. Es inmoral y causa un daño profundo", advierte la psicóloga Pilar Varela.

La escala para medir hasta qué punto uno es buen o mal padre tiene muchos raseros. El esencial es el que se aplica uno mismo, y parece que los hombres que –por fin, dirán muchas mujeres– han empezado a sentirse culpables por no atender a sus hijos van a encontrar un bálsamo en los libros de testimonios. Si en EEUU funciona, no lo duden: en breve tendremos aquí a los teóricos de los malos padres, dispuestos a darles la absolución.
elmundo.es

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