domingo, 3 de enero de 2010

De Nuevo

“SE PASA LA TENAZA…”

(Notas y reflexiones a vuela pluma de un necio empedernido)

Por Luis R. Decamps R.

DE CANALLAS Y BONACHONES (I)

Un dicho político de larga data sostiene que los pueblos, como las mujeres, habitualmente son débiles con los canallas. Y la verdad es que tanto la historia como la vida cotidiana se empeñan en confirmarlo. ¿Qué es un canalla? En lengua castiza es un malhechor, un traidor, un “hijo de puta”, aunque se presente con las artes del seductor o las virtudes del encantador de serpientes. Claro, hay que recordar que actualmente la mejor connotación de un vocablo o una expresión no es la que se origina en las fuentes semánticas del idioma. En el presente, en realidad (y de cara a los terriblemente anti-nostálgicos hechos cotidianos), un canalla bien podría ser lo que se denomina un “pragmático”, un individuo “sin miedo”, un “habilidoso”, “un triunfador”…Por oposición, hasta hace poco un bonachón era un buen tipo, un ciudadano ejemplar, un excelente padre de familia o, simplemente, un héroe o un prócer. Hoy día, a la inversa, el bonachón es un “pendejo”, un “carajo sin agallas” o, sencillamente, “un perdedor”…Las comillas, aquí, son simple cuestión de gusto.

DE CANALLAS Y BONACHONES (II)

En otros tiempos, cuando un canalla triunfaba la conciencia individual o colectiva se retorcía de impotencia, rabia e indignación. Actualmente, por el contrario, la victoria del canalla es no sólo aplaudida sino puesta como ejemplo de lo que se debe emular. ¿Pruebas? Basta con mirar a los lados… Antes, si un canalla daba muestras de arrepentimiento se suspiraba con cierto alivio y, bajo los efectos de la duda y la preocupación, se aguardaba vigilantemente sus próximos pasos para estar alerta ante cualquier reincidencia. Ahora, al revés, de inmediato se le santifica y se le sitúa en un pedestal de ejemplaridad… La razón es simple: no estamos en “la hora de los hornos” sino en la de las cenizas…¿O será que hoy vivimos en una “canallocracia”?

LOS EMPRESARIOS Y LAS EMPRESAS PÚBLICAS (I)

El fastidio provocado por los apagones, rematado en la víspera por la indignación generalizada ante el voraz clientelismo “procero” encontrado en la CDEEE, hizo que casi todos olvidáramos que la designación de Celso Marranzini en la máxima la conducción de esa empresa, más allá del fuerte tufo a “echadura de vaina” balaguerista que despidió en su momento, en realidad era una reedición en el país de una experiencia que dejó un sabor amargo en el alma nacional. En efecto, el nombramiento de empresarios en la administración de instituciones públicas con el alegado propósito de enderezar los entuertos producidos por los políticos ha sido ensayado en varias ocasiones en la República Dominicana, y sus consecuencias postreras son harto conocidas: los divinos “hombres de negocios” hicieron “gárgaras” con las mencionadas empresas, y ni resultaron airosos como gestores de la cosa estatal ni salieron indemnes del juicio de la sociedad (aunque la historia casi los haya absuelto)… Igual que ahora, la bulla en las graderías fue entonces clamorosa, al mejor estilo de nativos azorados e hispanos “descubridores”.

LOS EMPRESARIOS Y LAS EMPRESAS PÚBLICAS (II)

El más sonado experimento en el sentido apuntado (aunque no el único ni el último) fue el del gobierno del presidente Salvador Jorge Blanco (1982-1986), quien, animado de las mejores intenciones y aleccionado por el desastre administrativo provocado por los políticos en el manejo de las empresas públicas, entregó la conducción de varias de éstas a distinguidos hombres de negocios. Las secuelas, con honrosas excepciones, fueron contraproducentes: los hombres de empresa terminaron causando más estragos que los propios políticos y, por otra parte, fueron a la postre objeto de múltiples y variadas acusaciones de yerro gerencial, defensa prevaricatoria del interés privado, nepotismo y corrupción… Esa es la historia, y lo otro es cuento de camino.

LOS EMPRESARIOS Y LAS EMPRESAS PÚBLICAS (III)

La receta de la empresa privada para lograr la “recuperación” y la “eficiencia” es tan conocida como pedestre: reducir la nómina (eufemismo para no decir “botar empleados” y eliminar botellas), recortar los gastos administrativos (siempre en los “programas sociales”), “optimizar” el rendimiento de la empleomanía (o sea, poner a la gente a trabajar más con igual o menor salario), eliminar “egresos superfluos” (léase: viáticos, prestaciones o conquistas laborales), etcétera. Igualmente sabida es la contrapartida: el administrador y los nuevos gerentes se incrementan los salarios y las compensaciones, y ante cualquier crítica reaccionan diciendo que esos son “chelitos” en relación con lo que le han ahorrado a la institución con las medidas precedentes…En el fondo, ésta no deja de ser también una historia de canallas y bonachones, si bien a partir de una ruidosa y colorida fiesta de disfraces…

Por supuesto, en la historia el colofón resulta siempre mucho más que dañoso que la trama, y la conseja no por vieja es menos irrebatible: los pueblos que olvidan su pasado están inexorablemente condenados a repetirlo… ¡Qué pena!

Hasta la próxima entrega…

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores

Archivo del blog