lunes, 21 de septiembre de 2009

Viejas perogrulladas de la táctica Política


Por Luis R. Decamps R. (*)


Jean Jacques Broussonet, el autoproclamado “discípulo intelectual” de Maquiavelo que en las postrimerías del siglo XX se propuso “rescatar del olvido y la tergiversación el verdadero pensamiento del humanista florentino”, nos recuerda en uno de sus libros que el actor de la actividad política (“como acontece en la mayoría de los fenómenos de la existencia en los que intervienen la voluntad y los intereses humanos”) dispone, en general y sin que se obvien las matizaciones normales de cada caso en específico, de tres opciones claramente delimitadas a la hora de encararse con “los problemas tácticos o coyunturales”.

(No huelga llamar la atención sobre el hecho de que el aserto de Broussonet se ha circunscrito deliberadamente a “los problemas tácticos o coyunturales” del accionar político, y la razón es más que obvia: los asuntos de carácter estratégico, es decir, los de largo plazo que, por ello mismo, tienen que ver con los objetivos generales, las grandes soluciones o las metas finales, están sujetos a reglas o convenciones más estrictas, y por lo tanto las opciones suelen ser únicamente dos).

La historia enseña, conforme rememora Broussonet (“Maquiavelo vive: El viejo tablero de la política”, Librería Libertad, Bruselas, Bélgica, 1990, 583 pp., traducción libre del autor de estas líneas), que todo problema político de coyuntura siempre ha sido susceptible de ser abordado o encarado desde tres enfoques troncales posibles (hay otros, insiste, pero de carácter subalterno o subsidiario): un primero que él llama “perspectiva tonta”, un segundo que denomina “perspectiva tosca” y, por último, un tercero al que pone el nombre de “perspectiva inteligente”.

La “perspectiva tonta” habitualmente implica un abordaje del problema que era el deseado y esperado por el adversario: en esencia, consiste en coincidir directa o asimétricamente con el contrincante, hacerle eco o “coro” en su punto de vista o en su accionar, y en bastantes sentidos significa “caer en el gancho” que el otro le tendió, pues termina convirtiendo al que se dejó arrastrar en “un socio involuntario de su enemigo”.

Según el distinguido politólogo franco-belga, un ejemplo gráfico de este tipo de enfoque es el que se presenta cuando el adversario, normalmente ayudado por partidarios suyos que se presentan como “independientes” o “mediadores”, plantea conversar sobre un tema en torno al cual no hay posibilidad de llegar a ningún punto de avenencia porque las diferencias son de principios. Es, por consiguiente, un llamamiento a diálogo hecho en un momento difícil o crítico que tiene por objeto real neutralizar momentáneamente al contrario y ganar tiempo. “Si usted se suma a semejante llamamiento de manera pura y simple, no hay dudas de que es un tonto o, en realidad, procura en el fondo lograr algún acuerdo que lo convierta en aliado del convocante”, afirma Broussonet. Es, en pocas palabras, “caer en la trampa ajena o en la propia”.

La “perspectiva tosca” es aquella que implica una respuesta tajante de rechazo sin previamente analizar los perjuicios que de tal postura se pueden derivar contra usted. Es la posición habitual del político beligerante, práctico y poco inclinado al razonamiento filosófico o politológico: parte de “la premisa de que lo que plantea o hace el enemigo no es ni puede ser bueno para mí, y por consiguiente debo rechazarlo ipso facto y radicalmente”. En bastantes ocasiones, se trata de una posición instintiva, no racional, y resulta bastante cónsona con las bases de las organizaciones políticas (“que tienen una tendencia al radicalismo elemental frente al adversario”).

Esta forma de manejar un problema, siguiendo con el ejemplo anterior, implicaría negarse a participar en cualquier discusión con el adversario. “Casi siempre -dice Broussonet-, los argumentos que se esgrimen para fundamentar esta postura son contundentes a la luz del simple sentido común: no vale la pena hablar porque ya se sabe que esa gente no cumple, o porque de antemano sabemos que nos va a engañar, o porque no existen posibilidades reales en el momento de que lo acordado adquiera finalmente viabilidad práctica. Obviamente, este enfoque tiene una cojera de fondo: si el adversario logra orquestar lo que ha planteado, usted quedará aislado del debate y, a la larga, será objeto de cuestionamientos de los poderes fácticos, que son siempre devotos de las conversaciones a este nivel”. En otras palabras, sería “dejarle la cancha al adversario”.

La “perspectiva inteligente” es, siempre en la lógica de Broussonet, la que analiza el problema proyectándolo hacia la estrategia. “Una pregunta de Perogrullo da inicio a todo: ¿Qué procura mi adversario con esa propuesta o esa actuación? Y luego deviene otra, no menos nodal a despecho de su simpleza: ¿En qué me favorece o me perjudica el planteamiento del adversario desde el punto de vista de mi objetivo final? Las respuestas ofrecerán los derroteros a explorar”. Un político debe estar alerta ante los problemas tácticos o coyunturales (“pues son el camino, con sus baches y sus recodos”), pero no puede olvidar jamás que a la postre lo que importa es la meta. Los asuntos del momento no pueden constreñir, ahogar o sacrificar a los de largo plazo: al revés, éstos últimos deben determinar la forma de manejar los primeros. “El camino es el esfuerzo. La meta es la recompensa”.

En el ejemplo que se ha estado manoseando, la “perspectiva inteligente” impondría, ante todo, tratar de que el diálogo planteado por el adversario no se produzca. En este respecto, “se explorarían todos los medios (léase bien: todos) para evitar su consumación”. Ahora bien, si no se puede evitar, por la razón que fuere, entonces hay que proponerse que el contrincante no logre alcanzar los objetivos que se planteó. “Para conseguir esto último, sólo hay un camino: aceptar la participación en el diálogo bajo condiciones potencialmente conflictivas y claramente definidas, y una vez adentro jugar el rol de saboteador: incidentar, oponerse, denunciar, amenazar con retirarse, etcétera, es decir, convertirse en protagonista del evento (arrebatarle este papel al enemigo)”. En palabras llanas, hacer que el diálogo “implosione”, o sea, que explote hacia adentro.

Por supuesto, es fuerza dejar categóricamente sentado, para evitar malas o inadecuadas interpretaciones, que ante fenómenos de la naturaleza y el carácter de los que trata Broussonet a la larga lo importante no es la posición que se adopte: “…lo que importa es si esa postura sirve a la estrategia propia o no”. En consecuencia, no es ocioso enfatizar que, en circunstancias concretas, bien se podría asumir una postura de “tonto”, de “tosco” o de “inteligente”. Es cuestión de puras conveniencias. En este respecto, compártase o no, es inevitable recordar lo que dijo en cierta ocasión, entre nosotros, el doctor Joaquín Balaguer: “…la política, a diferencia de la moral, no es el arte de perseguir lo justo sino el de buscar lo conveniente”.

Y una cosa final: aunque el “manualito esencial de táctica política” de Broussonet (que tiene un fuerte sabor a Maquiavelo, Lenin y Azorín desde el punto de vista gnoseológico) no es nada nuevo ni desconocido, si alguien encuentra en estas brevísimas apostillas algún parecido con las actitudes de los últimos tiempos de ciertos líderes nuestros, es pura coincidencia… Lo juro por San Esculapio.

(*) El autor es abogado y profesor universitario

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